LA ISLA DE LOS ATOLONES

LA ISLA DE LOS ATOLONES

No te negaré que desde pequeño he tenido un gran complejo con mis dientes. No es difícil cuando eres el único pez con dientes de todo el instituto. Es lo que tiene ser un pez loro. Sí, has leído bien, un pez loro. Soy un pez tropical, con una sonrisa de branquia a branquia y con más colores que en un desfile de Agatha Ruiz de la Prada. Ah, por cierto, me olvidaba, mi nombre es Ramón y vivo en un atolón, una isla formada por un arrecife de coral en forma de anillo.

Mi madre siempre me ha dicho que me quite las tonterías de la cabeza, que tengo una sonrisa encantadora y que soy el pez loro más adorable de todas las aguas tropicales. Ya sabes, cosas de madres. Cada día me lo repite, y yo asiento con la cabeza. Bueno, en realidad asiento con todo el cuerpo, porque no tengo vértebras cervicales. Ya sabes, cosas de peces.

Cuando mamá se pone un poco pesada, yo le doy la razón y me voy con mis colegas a dar unos nados. Normalmente, nos vamos a charlar mientras comemos algo en el arrecife, y es ahí cuando me siento más diferente al resto. Observo cómo atrapan crustáceos con cuidado o desentierran algún molusco bajo en calorías, para picar entre horas sin perder la línea lateral (1). Yo, en cambio, raspo los corales como si no hubiera un mañana y voy arrancando todo lo que crece sobre ellos. Mis colegas se ríen viéndome comer así y me apodan Ramón el ramoneador (2). La verdad es que siempre estamos de cachondeo.

Pero bien, lo que vengo a contarte no es exactamente esto, sino algo mucho más impactante, conmovedor e incluso trascendental, me atrevería a decir. Todo sucedió el otro día, cuando quedé con Samanta la manta. Samanta es la típica amiga alocada, que parece vivir en otra dimensión y que no se calla ni debajo del agua. Todo el mundo tiene una amiga así, y si no la tienes, es que eres tú. Pues bien, ella, tan amante de las aventuras y los planes improvisados, me propuso acercarnos a la costa. Ambos sabemos el riesgo que eso conlleva, pues las playas tropicales están llenas de turistas insoportables que pueden llegar a perseguirnos durante horas si nos ven. Pero Samanta sabe cómo convencerme. Haciendo uso de su mayor arma de persuasión, pronunció las tres palabras mágicas:

– NO

HAY

HUEVAS

– ¡¿QUE NO HAY HUEVAS?!

Pocos minutos después ya nos tenías a los dos en primera línea de playa. La arena a nuestro alrededor era blanca como la nieve de Madrid, como se suele decir. La verdad es que yo no sé ni qué es la nieve ni qué es Madrid, soy un pez tropical, qué quieres que te diga. En fin, que me voy del tema. El vaivén de las olas rompientes nos desestabilizaba y constantemente se sumergían a nuestro lado pies humanos, dándonos un susto de muerte tras otro. En un momento dado, incluso nos aterrorizamos al ver lo que parecía una bolsa de plástico. Por suerte, resultó ser solo una medusa. Qué alivio.

Estábamos escondidos tras unas rocas para pasar inadvertidos y, en cuanto conseguimos asomarnos un poco, nos encontramos con una escena bastante… peculiar e inesperada: cuerpos esculturales, bronceados y tatuados, sorbiendo cócteles con sombrillita y descansando en hamacas sobre la arena. A su alrededor, montones de cámaras y focos apuntando hacia ellas y ellos. Samanta dedujo que estaban grabando un «reality», o algo así. No acabé de entenderlo, pero ella parecía muy emocionada. Sinceramente, nunca he llegado a comprender dónde aprende este tipo de… «culturilla general».

Y ahí estábamos, contemplando el panorama y echándonos unas risas. Un fantástico plan de domingo por la tarde, hasta que de repente sentí algo extraño dentro de mí. Pensé que era la emoción del momento, un cosquilleo en el estómago ante tal despliegue de «famoseo», pero resultó ser… un retortijón. Uno de los fuertes. Había estado toda la mañana atiborrándome de comida y parecía que no me había sentado muy bien. Intenté disimular, sin mucho éxito.

– Ramón, ¿¿te pasa algo?? ¡Tienes mala cara! ¿Te estás mareando? Deben ser las olas, vámonos hacia dentro, que aquí son muy fuertes.

– Lo siento Samanta, no me juzgues por esto, pero no puedo aguantarme…

Y lo peor que podía pasar, pasó. Lo evacué todo. Defequé. Hice de vientre. Descomí. Hablando claro, me cagué encima. Mis «desechos» salieron flotando a nuestro alrededor. Eran tan blanquitos como siempre. Los peces loro los hacemos así, ya que están llenos de los restos de carbonato cálcico de los corales que raspamos y que nuestro organismo no puede digerir. Yo creo que es una caca preciosa, pero bueno, eso no viene al caso, y además Samanta no parecía estar muy de acuerdo con ello.

En cuestión de segundos, la corriente se llevó mis restos hacia la orilla y vimos cómo se posaban sobre la arena blanca. En un abrir y abrir de ojos – nosotros lo decimos así, porque no tenemos párpados – se habían fusionado completamente con ella. Habían desaparecido.

Se hizo un silencio muy largo. Creo que los dos estábamos atónitos con lo que acabábamos de ver. Yo miré a Samanta, ella me miró a mí y, finalmente, dijo aquellas palabras que me quedarían marcadas para siempre:

– ¿Te das cuenta de lo que significa esto, Ramón? – Me preguntó, eufórica perdida, como quien acaba de resolver el misterio del Cluedo –. Toda esta arena blanca la generáis vosotros, los peces loro. Tú raspas el coral del atolón buscando alimento y después expulsas los restos, que son de color blanco. La corriente se los va llevando hasta la costa y los va acumulando aquí a lo largo de los años, hasta formar playas. ¿Entiendes por dónde voy? – Las palabras salían de su boca cada vez más rápido, a un ritmo mayor del que mi cerebro era capaz de procesar –. Toda esta gente, Ramón, ha pasado un sinfín de castings, ha cogido un avión, ha recorrido miles de quilómetros para estar protagonizando su momento estrella, luciendo su cuerpo – probablemente producto de unas cuantas cirugías estéticas y miles de horas de gimnasio – y haciendo el postureo de su vida encima de… TU MIERDA. Y LA DE TODA TU FAMILIA.

– Gracias Samanta, creo que podía vivir sin saber esto… ¡ME CAGO EN LA MAR SALADA!


(1) La línea lateral es una línea horizontal formada por células receptoras que presentan los peces a ambos lados de su cuerpo.

(2) El ramoneo es el hábito alimentario consistente en picotear y arrancar pequeños trozos de hojas, brotes, algas, etc.

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