LA MEMORIA DE LAS PIEDRAS

LA MEMORIA DE LAS PIEDRAS

Navidad. Época de reencuentros familiares, período invernal, frío en las calles, calor de hogar, regalos, villancicos, luces,… hace tiempo que no conecto con la festividad de estos días. Desde que mamá murió que ya nada ha vuelto a ser como antes. Papá se refugió en la casa del pueblo. Creo que volver a sus orígenes, envuelto por aquellas paredes le hacía sentirse arropado, menos solo. En mi caso, el trabajo me salvó, con cuarenta años por fin he encontrado la estabilidad laboral, eso sí, dejando de lado la personal. No es que eche de menos tener pareja o hijos, mis sobrinos han ocupado un lugar prioritario en mi vida. Aunque, la verdad es que, desde que mi hermano se mudó a Madrid noto una cierta distancia entre nosotros.

Este será el primer año que papá y yo pasemos las Navidades a solas. David y los niños se quedan en Madrid, Ana está a punto de dar a luz y no han creído conveniente viajar en su estado. Y claro, papá dada su condición, pues tampoco.

Llegué el día 24 de diciembre, ya de noche, aunque no era tarde. Justo recibía un WhatsApp de Julia, la asistenta que cuida de papá. Decía: “Me acabo de ir. Lo encontrarás en la cama. Ya está duchado y cenado”. Tiritando, con las manos heladas, a duras penas, respondí: “Muchas gracias. Feliz Navidad”. Salí del coche, el viento gélido era espantoso. Corrí a ataviarme de abrigo, gorro, bufanda y… ¿los guantes? ¡Mierda! Me había dejado los guantes. Ya no me sentía las puntas de los dedos y el frío iba penetrando en mi piel como pequeñas agujas. Ya con todos mis artilugios me planté en la puerta de entrada, respiré hondo y entré.

Cruzar la puerta de aquella casa era como viajar en el tiempo. Yo nunca llegué a vivir allí, solo iba a pasar los veranos, lo suficiente para crear unos recuerdos maravillosos. Llamé a papá, vociferando, “¡Hola, papá! ¡Ya he llegado!”. No obtuve respuesta. Subí las escaleras, entré en su habitación y vi que ya dormía. Me acerqué y le di un beso en la frente. Lo observé durante un rato desde el marco de la puerta, se respiraba paz. “A ver con qué humor despierta mañana”, pensé. Es difícil de adivinar. Costaba creer que en tan solo tres años el Alzheimer hubiera hecho tanta mella en él.

Todavía sin desataviarme, me acerqué a la chimenea. La alimenté con algunos troncos y restos que encontré, con la intención de que aguantara encendida algunas horas más. Aun habiendo conducido tantas horas, tenía la mente despejada y no tenía nada de ganas de irme a dormir. Ojeé por las estanterías de la sala de estar, a ver si encontraba algún libro interesante. De hecho, prácticamente los conocía todos. Ya hacía tiempo que nadie aportaba ninguna novedad a la biblioteca familiar. Cuando ya había perdido toda esperanza de encontrar alguna lectura apetecible, descubrí al fondo de la estantería, apretujado entre libros y enciclopedias, lo que parecía un cuaderno de campo de papá. Alargué el brazo para cogerlo y lo agarré como si de un tesoro se tratase, sacándolo de manera victoriosa. Me alegré, “Ya tengo entretenimiento para la noche”.

Busqué la comodidad y me espachurré en el sillón más cercano a la chimenea. Menos mal que ya había entrado en calor. Tenía el cuaderno de campo en una mano y un vaso con pacharán en la otra. Esta sería mi forma de celebrar la Nochebuena. Abrí por la primera página y pronto me di cuenta que aquél no era un simple cuaderno de notas. Había visto muchos cuadernos de papá. Tenía decenas de ellos. Supongo que es normal si te dedicas a la paleontología. Dibujos de fósiles, medidas, descripciones, hipótesis,… Recuerdo haber pasado horas con él observando y dibujando. Echo de menos esas cosas y poder hablar de mi investigación sin sentirme un bicho raro. Si no llega a ser por su tozudez yo habría dejado la tesis doctoral a la primera de cambio. De vuelta al cuaderno, me llamó la atención que no continuase el orden numérico que seguían los demás, papá era muy estricto para eso. Además, la fecha que aparecía en la primera hoja era muy reciente, de apenas hacía tres años. “¿Papá seguía investigando?”, pensé en voz alta. ¿Cómo es posible que no lo supiera? De pronto, el sonido del móvil me sacó de mis pensamientos. Era un mensaje de WhatsApp de David:

– “¿Todo bien? ¿Ya has llegado a casa de papá?”.
– “¡Sí! Perdona, se me había pasado avisarte. Todo bien. Papá, durmiendo”.
– “Ok, pues ya hablamos mañana. ¡Buenas noches!”.
– “Ok, ¡igualmente!”.  

Retornando al cuaderno, parecía que papá había encontrado una pieza única. Esos dibujos y esquemas no se asemejaban a nada que hubiera visto antes. Leo sus notas, a continuación: “Réptil marino, cabeza pequeña, cuello largo, cola corta y cuerpo ancho. Período Jurásico. Datación aproximada 200 millones de años. Longitud 10 m”. “¡Hostia puta!”, exclamé. Casi me atraganto con el pacharán. ¿Podía ser eso cierto? ¿Podría papá haber encontrado tal bicharraco y que nadie se hubiera percatado de ello? ¡Alto! Aunque, también podría ser una invención provocada por los efectos de su enfermedad. La excitación me duró poco.

Me quedé en silencio durante unos minutos, mirando lo que quedaba de brasa encendida y con ese nombre grabado en la mente: Plesiosaurio. Pensando en aquellos apuntes me invadió el sueño más profundo.

Navidad, 25 de diciembre, 10 de la mañana. Me despierta el sonido del móvil. Sin saber muy bien donde me encuentro, respondo:

– “¿Diga?”. Aclarando la voz ronca.
– “¿Pero… aún duermes?”. Era David, los niños se oían de fondo.
– “Eh… no. Estaba desayunando”.
– “Ah, ¿Y papá? ¿Qué tal ha pasado la noche? Por cierto, ¡feliz Navidad!”.
– “Pues sin ningún problema. Le he dejado descansar”.
– “Me alegro, llevaba unos días bastante agitado. Ana y los niños te mandan besos”.
– “Gracias, dale otro para ellos. Mándame alguna foto, anda”.
– “Eso está hecho, están como locos con los regalos. Hablamos más tarde”.
– “Ok, hasta luego”.

¡Mierda! Cómo se me había podido haber hecho tan tarde. Salto del sillón y subo las escaleras de dos en dos. Entro en su habitación de un salto, “¡Buenos días, feliz Navidad, dormilón!”. No obtengo respuesta. “¿Papá?”. Lo encuentro sentado en su butaca, parece dormido, con gesto plácido, pero enseguida me doy cuenta que su cuerpo está sin vida. Sin perder un segundo llamo a una ambulancia, mientras las lágrimas me invaden el rostro. Entretanto, sigo las instrucciones del médico y hago lo posible por reanimarlo. Los sanitarios no consiguen llegar a tiempo. Me despido de él, “Descansa en paz, papá”.

Dos días después, papá ya reposaba bajo tierra en el cementerio del pueblo. David bajó solo para el funeral y enseguida regresó a Madrid con Ana y los niños. Yo, por mi parte, me ofrecí a ir empaquetando las cosas de papá. Así pues, volví a su habitación, donde aún perduraba su aroma. Cogí la foto de mamá que tenía sobre su mesita de noche, con la mala fortuna que cayó al suelo y se perdió debajo de la cama. “¡Será posible!”, exclamé. Me arrodillé para cogerla, iba palpando con las manos y para mi sorpresa lo que encontré fue una enorme caja. Al abrirla, mis pupilas se dilataron. ¡No me lo podía creer, tenía ante mí el Plesiosaurio!.

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