Las historias perdidas de la herrería enana

Las historias perdidas de la herrería enana

La jornada de trabajo en la armería enana había sido estresante. Las constantes escaramuzas entre enanos y orcos en el límite norte requerían de un suministro de armas continuo por parte de las armerías de los enanos de las colinas de Ferinor. Seren siempre se relajaba antes de la cena tumbándose en el suelo de su habitación. Le gustaba el tacto duro de la piedra del suelo en su cuerpo y fijar la mirada en la pared tallada en la propia roca blanca de Ruarzo. La pequeña veta de oro vertical que se apreciaba era algo que a un enano siempre lo relajaba. La colina estaba situada más al este del rio Erin que las otras colinas del clan enano. Al ser la colina suficientemente grande, la casa de la familia de Seren sólo tenía plantas superiores por encima de la entrada. Los diferentes aposentos estaban situados en el centro de la colina, donde los enanos consideran que reside el alma de toda montaña, ya sea grande o pequeña.

Seren era herrero por obligación, aunque con su físico actual bien podía haber sido guerrero. Barba de color negro carbón, tupida y larga que se mezclaba con el pelo de la cabeza, también largo, facciones muy marcadas, corpulento y tan fuerte como cualquier soldado enano. Sin duda, sus ojos azules claros, tan claros como pocas veces han visto los enanos, eran su característica distintiva, por lo que muchos lo llamaban Seren «Ojos azules».

Mientras reseguía la veta dorada, alguien entró empujando la puerta de roca de sus aposentos sin aporrear la puerta primero, lo que hizo que Seren girara la cabeza bruscamente. Le ponía de los nervios esa manera de actuar de los enanos.

–   ¡Hola, Seren! – Le dijo su primo Egon mientras se dirigía a sentarse encima de las suaves pieles de oso blanco de las nieves que cubrían su cama.

–   ¿Pero algún día algún enano aporreará la puerta antes de entrar? Hola, Egon.

–   Déjate de habladurías, Seren. – Le decía mientras iba a por la jarra de cerveza que había sobre la mesa de cerro. – Un enano entra por una puerta y después pregunta. Pareces un humano de las llanuras. Que tú no tengas el poder de usar la magia de runas no hace que seas menos enano de las colinas que yo. Además, eres tú el que me dijo que me pasara a verte. ¡¿Qué es lo que quieres esta vez?! ¿No me digas que ya estás de nuevo con tus paranoias?

–   No son paranoias. Vosotros – espetó señalando con el dedo a Egon – usáis la magia para dotar de runas mágicas a los objetos. Pero os pasáis horas implorando el beneplácito del ancestro Grimnir. La fe de Grimnir, decís. El enano es el que tiene el poder desde que nace, no se lo concede Grimnir. Yo veo el mundo tal como es e intento entender cómo funcionan las cosas. Por eso lo intento observar, plantear ideas de por qué funciona de esa manera y después las intento demostrar; y si no lo consigo, vuelvo a repensar las ideas.

–   Seren, un día tendrás problemas, ofenderás a un alto enano y te buscarás enemigos. Que en tu familia cada dos generaciones el primer primogénito no tenga el poder de las runas es una maldición que tu linaje tiene. Seguro que algún predecesor tuyo ya tenía esas paranoias que te montas tú, y por eso Grimnir el ancestro le maldijo la descendencia.

–   Egon, este problema es algo que pasa dentro de mí. A la mierda Grimnir y su fe.

Al escuchar esas palabras, Egon se enfureció, apretó los dientes y cerro el puño derecho instintivamente. Pero no podía hacer nada contra Seren. Al contrario que él, Seren no tuvo más remedio que dedicarse a la fabricación de herramientas de metal por su maldición y eso lo había convertido en un enano curtido con los años. Sus brazos y piernas doblaban los suyos. Eran como piedras en su cuerpo.

–   No te enfades, Egon. A demás te acabas de beber mi jarra de cerveza, maldito enano. Eres la única persona con la que comparto estas cosas, ya lo sabes. Acompáñame a la fábrica de armas, te quiero mostrar la última cosa que he descubierto. Y después vamos a la taberna enana de Prétoras y nos bebemos 3 jarras de cerveza mientras cenamos jabalí asado. –  En ese momento Egon se relajó, mientras seguía a Seren por los túneles.

La fábrica de armas de la familia quedaba en la otra parte de la colina, aunque se llegaba a partir de los túneles interiores tallados en la propia roca. Pese a que los enanos de las colinas no vivían en las montañas, sus construcciones subterráneas no se diferenciaban de las existentes en las casas de los enanos de las montañas. El horno y los depósitos de tracita negra quedaban en la parte situada más en el interior. El calor que generaban mantenía caliente la colina. Las herramientas, moldes, etc. se distribuían ordenadamente en toda instalación. En una de las esquinas, estaba la zona de trabajo de Seren.

Después de llegar a su zona de trabajo, cogió uno de los cofres mágicos élficos y lo dejó sobre la mesa de trabajo. Era un cofre más alargado de lo normal, lo que mostraba su condición de arcón de armas. Sacó de uno de sus bolsillos interiores la correspondiente llave. Aunque eran cofres mágicos de manufactura élfica, un enano nunca se los compraría a un elfo, siempre se los compraban a los humanos de los valles inferiores. Si se perdía la llave, se perdía el contenido para siempre. Seren cogió de dentro del cofre, un saco de tela de zorro rojiza y una caja de madera.

Egon observaba con el típico asombro enano las piedras que Seren sacaba de la cajita. Nunca había visto unas piedras como esas y aunque fuera enano de runas, seguía siendo enano.

–   ¿De dónde has sacado estas piedras tan raras? – Le decía a Seren mientras manoseaba las piedras con sus manos.

–   Te acuerdas hace dos meses cuando realicé mi primer viaje cómo herrero con un regimiento militarizado enano al límite norte? Pues cerca de donde patrullamos, había un río de agua transparente y frío que provenía de las montañas solitarias. Encontré varias piedras que me llamaron la atención por su color y textura que tenían y me las llevé. Ya sabes que no me gustan cómo quedan las armas que actualmente fabricamos los enanos. Entre el óxido que se aprecia, el poco filo que tienen y las marcas de pulido tan toscas que dejamos, uno no pensaría que son poderosas armas si no fueran porque les introducimos magia rúnica.

–   ¿Adónde quieres ir? – A Egon no parecía interesante la historia.

–   Ya sabes que soy algo torpe a veces. La semana pasada, reparando y fabricando nuevas armas para entregarlas a los enanos rúnicos, una de ellas cayó dentro de la caja dónde guardaba las piedras del río y, cuando el metal rozó las piedras, el óxido saltó y aprecié en su superficie marcas de pulido exquisitamente finas, prácticamente invisibles. Fue una casualidad, pero aquello me fascinó y me hizo pensar que podría mejorar el aspecto final de las armas y obtener un mejor filo. Me he pasado las últimas semanas, después de la jornada de trabajo en la armería, estudiando el efecto del uso de las piedras sobre el metal y he observado que no todas dejan el mismo patrón. He dedicado las últimas semanas a estudiar un nuevo patrón de pulido de las armas.

–   Abre los ojos, Egon.

En ese momento Seren sacó del saco de tela de zorro roja un hacha enana sin acabar, pero con dos filos que nunca había visto tan pulidos. Seren le dio el hacha a Egon. Al moverla se escuchaba un siseo metálico, frío, la antesala de la muerte. El pulido de los lados del hacha era tal, que podía ver los pelos de su barba reflejados claramente en la superficie metálica. Egon abrió los ojos como si hubiera visto una veta de Tinium.

–   Y ahora viene lo bueno, Egon.

–   ¿Pero hay más?

–   Hace dos días, le llevé a padre uno de los recipientes con el líquido espeso de la zona volcánica de Irrindul que usáis en vuestras ceremonias de introducción de runas mágicas. Pues dio la casualidad de que al pasar por mi zona de trabajo tropecé con algo del suelo y parte del líquido se vertió sobre una de las armas con las que estaba estudiando el pulido. Aunque lo limpié con agua rápidamente apareció en la superficie del arma un patrón de dibujo. Míralo tú mismo. – Seren le indicaba a Egon con sus duros dedos de herrero las zonas del arma dónde se apreciaban las marcas.

–   La verdad es que sí que se observa algo, Seren. Siempre descubres cosas raras de manera fortuita. A esto que te pasa le voy a tener que poner un nombre.  – Mientras decía estas palabras Egon se reía con la boca abierta. – Le diré a esto un Seren…bueno…el nombre no me acaba de gustar.

–   Dile cómo quieras, Egon. ¿Sabes lo que creo que son esas marcas?

–   No.

–   Podría ser algún tipo de propiedad de los materiales, lo que los otros herreros llamamos «el alma de un arma». A mí no me gusta usar la palabra alma, sinceramente. He usado el líquido en otros tipos de armas, fabricadas de diferentes maneras y el patrón es diferente. Pero tengo que acabar de encontrar la explicación correcta.

–   Tú sigue con tus paranoias, pero por las barbas de Grimnis, ten cuidado con las palabras. Ahora me debes tres jarras de cerveza y un buen trozo de carne de la taberna.

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