Reflexiones sobre la Comunicación Científica

Reflexiones sobre la Comunicación Científica

¿Cuáles son las principales dificultades y carencias que se encuentran las personas que se dedican a la comunicación científica? ¿Qué se podría hacer para difundir más y mejor la ciencia? Hace unos meses hicimos llegar un cuestionario a los alumni del Curso de Especialización (y Postgrado) en Comunicación Científica que organizamos conjuntamente con la Universidad de Vic. Además de interesarnos por su situación laboral y por los proyectos en los que habían participado (podéis leer sus respuestas en el primer post que hemos publicado), aprovechamos para pedir su opinión sobre el estado de la profesión.

Os resumimos las respuestas que nos hicieron llegar Martina Gasull, Claudia Abancó, Pili López, Jordi Díaz, Sonia Jarió, Fernando Gomollón, Karel de Pourcq, Pilar Rodríguez, Estíbaliz Urarte, Xat Capellas, Judit Ferrusola, Rebeca Ribas y Marta González. Estamos seguros de que encontraréis ideas muy interesantes que puedan dar lugar a debates más profundos que contribuyan a cambiar este oficio tan creativo y estimulante.

Por cierto, ¡gracias a todos de nuevo!

Carencias o dificultades de la comunicación científica

Falta de recursos

El dinero, el eterno problema. Seguramente ha sido la respuesta más repetida: «Mucho, mucho trabajo y falta de recursos, tanto económicos como personales para llevarlo a cabo», se queja Pili, y añade: «Las subvenciones públicas en Cataluña para hacer actividades de este tipo son inexistentes; fuera solo encontramos la FECYT; y yo en europeas ya no entro: no tengo tiempo». Otros no solo señalan la falta directa de dinero, sino también de tiempo, recursos y promociones. «Es difícil que las instituciones entiendan que financiar la comunicación y divulgación es una inversión y no un gasto», ratifica la Pilar.

¿Y otras fuentes de financiación, más allá de las públicas? ¿Serían posibles? Pili también ve complicado «encontrar patrocinio y mecenazgo para sacar adelante proyectos de comunicación y divulgación científica.» Y nos cuenta: «La gente ve muy claro patrocinar un proyecto de investigación por ejemplo en salud, porque representará tarde o temprano un beneficio/cuidado directo en las personas, pero [cuesta mucho más] pedir patrocinio y mecenazgo para organizar un ciclo de charlas divulgativas, o hacer unos talleres para primaria o secundaria, o montar una exposición…».

Estíbaliz nos ofrece una reflexión sobre el posible papel de los comunicadores científicos en esta situación: «Creo que es un trabajo que tiende a la precarización, porque muchas veces ni nosotros mismos nos damos el valor que tenemos: tendemos a escribir artículos gratis, a organizar charlas y jornadas gratis, crear contenidos gratis, «por amor al arte», o aceptamos remuneraciones bajas porque «es lo que hay».» En este sentido, encuentra puntos de unión con lo que ocurre en el ámbito artístico o el diseño.

[Si os interesa profundizar más sobre esta idea de la precarización de los trabajos creativos, os recomendamos la lectura de «El entusiasmo», de Remedios Zafra (muchos comunicadores científicos nos podemos sentir reflejados)]. Fin de la cita.

Judit también habla de esta precariedad y señala que la profesión «no está regulada por ley, no hay ningún régimen ni convenio al respecto. Creo que muchas empresas se aprovechan». Y nos aporta una reflexión sobre la comunidad de comunicadores/as de ciencia: «Es un mundo muy pequeño y endogámico; todos se conocen y ya sabe con quién contactar. Creo que es un poco difícil entrar y hacerse un lugar.»

Una profesión en tierra de nadie

Toda esta falta de financiación y esta tendencia a la precarización seguramente está relacionada con otra de las carencias y dificultades indicadas por los ex-alumnos: la falta de reconocimiento.

Por ejemplo, tanto Judit como Martina coinciden en ubicar la comunicación científica en «tierra de nadie». «Tienes a un lado investigadoras e investigadores y en la otra, la administración. Como comunicadora no estás ni a un lado ni al otro», matiza Martina. Para Judit «hay todo un desprestigio desde el mundo científico y académico hacia el mundo divulgativo y de comunicación; ven la opción de la divulgación como una renuncia; no hemos terminado de alcanzar el objetivo de la ciencia que es la investigación». «Creo que somos el puente pero a veces no se nos acaba de ubicar bien.», concluye.

Este desprestigio quizás hace que «la mayoría de las veces los investigadores no ayuden, no quieran participar. Hay que recordarles constantemente que es su deber divulgar el trabajo que realizan» indica Estíbaliz. «En otros casos es el propio centro el que te pone trabas y no le da demasiada importancia a tu trabajo de comunicadora», añade.

¿Pasamos a la acción?

¿Qué se podría hacer para cambiar la situación actual y poder llegar a más gente? ¿Qué podemos hacer nosotros? «Todo esfuerzo es poco», nos dice Fernando.

Política y economía

Entre las ideas recogidas, encontramos unas cuantas que apelan directamente a la política. Sería necesario «animar a los políticos para que [la comunicación científica] se incorpore a la agenda política y se acompañe de presupuesto», nos comenta Jordi. Pilar matiza: se debería «apostar por la ciencia DE VERDAD y destinar los mismos medios y recursos que a otras disciplinas».

Política, sí, pero acompañada de inversión, ya que, como dice Rebeca, «existe mucha voluntad por parte de todos, pero los recursos son escasos».

Universidades y personal investigador

Otras propuestas reivindican el papel que podrían tener las Universidades y los Centros de Investigación. «Si las Universidades promovieran más actos para todos los públicos», reflexiona Claudia, «si se involucraran en la vida de las ciudades, se podría llegar mucho más a la población».

Ella misma apunta a algunos de los posibles motivos como, por ejemplo, «que los departamentos de comunicación no están bien dimensionados» (la financiación, el leitmotiv de la ciencia) e, incluso, aporta algunas soluciones: «tal vez se podría convencer a las universidades para la contratación de empresas para organizar eventos, ya que, al final eso también es una forma de promover la Universidad».

Jordi reivindica la necesidad de que las acciones de comunicación científica se «incorporen a la carrera de los investigadores de las Universidades». Precisamente sobre las personas dedicadas a la investigación, Xat cree que se debería «concienciar más a los investigadores/as de la importancia de difundir la investigación que generan desde sus grupos».

Acciones locales

Mientras esperamos grandes cambios políticos e institucionales que impulsen la comunicación científica globalmente, hay personas que señalan algunas acciones que se podrían realizar en el ámbito más local como, por ejemplo, «llegar a todas las asociaciones» (Pili) y «pactar con centros cívicos y bibliotecas para incorporarlo como servicio»(Jordi).

Fernando se decanta por la ciencia «imprevista», la ciencia que te pilla por sorpresa (como la ciencia en los escaparates en Zaragoza o Ciencia en el bus).

Educación

Algunas personas coinciden en la importancia de la educación en la percepción de la ciencia. Martina Gasull afirma categórica: «Falta mucha cultura científica en la escuela primaria y en secundaria». ¿Qué podríamos hacer?

Estibaliz propone «que desde pequeños deberíamos inculcar el amor por la ciencia a los niños, hacerles ver que es divertida, fascinante, útil e importante» y que este trabajo «debe comenzar desde la infancia». Rebeca está de acuerdo: se debería «empezar desde pequeños a despertar la curiosidad por la ciencia» a generar una base que genere ganas de saber más. Y que valore positivamente esas ganas. Hay «incidir en las nuevas generaciones; crear generaciones sensibles a la cultura científica», defiende Marta.

La cultura científica. La ciencia como cultura. Posiblemente uno de los grandes temas que suelen aparecer cuando se habla de comunicación, divulgación o educación científica. «El principal problema es que la ciencia no se considera cultura» afirma, rotunda, la Estíbaliz. «La gente cree que no necesita saber de ciencia para ser considerada culta pero sí de cine o de corrientes artísticas contemporáneas.», Añade. Martina coincide: «Si alguien no sabe nada de literatura o de libros en general queda mal decirlo (aunque sea alguien que no lee nunca un libro) en cambio» consumir «ciencia no se considera algo normal».

Esta percepción social que la ciencia no es cultura o, incluso, que no es apta para todos los públicos puede influir en su exigua (muy escasa) presencia en los medios de comunicación. Martina apunta que «faltan espacios de calidad en medios (no tanto de espectáculo) que ahora ya son tradicionales como la televisión o los periódicos». Judit coincide con la acotación referente a la manera de presentarla: «Debemos dejar atrás la ciencia-espectáculo. Sé que vende y pega pero dotarla de elementos de fuego y teatralización para hacerla más «comestible» no sé si es la manera realmente de enseñar qué es la ciencia (o al menos no mi manera)».

La narrativa

¿Y nosotros? ¿Hay algo que podamos hacer como comunicadores científicos? Quizás podemos cambiar la manera de explicarla o de presentarla. Algunos de los ex-alumnos nos comparten ideas sobre cómo cambiar esta narrativa.

Se podría «reconectar con la sociedad, mostrar una cara más real de lo que es la ciencia, a la vez que más consciente y responsable con la sociedad en que vivimos» propone Judit. Sonia parece ir en una línea similar: propone «hacer a la ciencia más cercana desde la experiencia personal de cada uno». Judit indica que esta conexión entre ciencia y sociedad «recae en tejer puentes para enseñar que la ciencia repercute diariamente en nuestro día a día; creo que a veces se ve como solucionador del futuro y no como un elemento que dibuja en estos momentos nuestro presente». También propone que se debería dar «herramientas científicas» a la gente, útiles para su día a día».

Quizás una de estas herramientas debería ser el pensamiento crítico. Para el Karel, el pensamiento crítico y la ciencia deberían ir siempre juntos y se debería mostrar que «sirven para comprender la realidad y evitar que nos vendan motos».

Otra acción, donde coinciden más de un alumni, es en la necesidad de «desestigmatizar la ciencia como una disciplina aburrida y difícil» o que es «solo para mentes brillantes. Hay que conseguir que la perciban como lo que es, una actividad enriquecedora y divertida», proponen.

Y, por último, queremos rescatar dos últimas frases, una sobre el oficio de divulgar y la otra sobre el Postgrado (que nos hace erizarnos de emoción).

«Lo que encuentro más difícil de nuestro trabajo es lograr entender la ciencia como es debido para poder comunicar con rigor. Pero también es lo más divertido, porque cuando me documento para un trabajo es cuando más aprendo.», Fernando Gomollón.

«La verdad es que el postgrado me dio muchas herramientas y fue muy enriquecedor, también por las personas que conoces. La verdad que, pensando ahora, lo volvería a hacer porque creo que si hubiera tenido las cosas más claras, lo hubiera aprovechado de una manera diferente.», Judit Ferrusola.

Muchas, muchas gracias a todos los alumni que hemos tenido en el curso y a todos los que habéis contribuido en este artículo.

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