Entrevista a Xavier Valbuena (2/2): Motivación y otras cosas

Entrevista a Xavier Valbuena (2/2): Motivación y otras cosas

Continuamos con la entrevista con en Xavier Valbuena. En esta parte nos centraremos completamente en su tarea docente.

¿Qué destacarías de tus clases? Qué aspectos positivos crees que tienen?

Destacaría que me gusta el tema que trato. Y esto es una ventaja, hace que no me cueste nada dar clases. Realmente me gusta mucho la ciencia, me apasiona; de alguna manera procuro estar siempre al día. Creo que es mi principal virtud.

Independientemente de la pedagogía, independientemente de que lo haga mejor o peor, un profesor, aunque sea educativamente un chapuzas, si muestra pasión y anima a los alumnos ya tiene uno de los aspectos ya tiene uno de los aspectos fundamentales – no diré el único – de la educación.

Independientemente de la pedagogía, independientemente de que lo haga mejor o peor, un profesor que muestra pasión y anima a los alumnos ya tiene uno de los aspectos fundamentales de la educación.

¿Cómo definirías tus clases?

Divertidas. Quizás sería la palabra: divertidas. Yo río mucho [risas]. Y ellos también ríen mucho. Sobre todo cuando tengo algún alumno bueno, bueno de verdad que ves que siguen todo lo que dices; que te siguen, incluso, el nivel de humor. Siempre hay diferentes niveles en tu exposición: a veces hay bromas más sutiles, que captan algunos alumnos, y otras que las captan todos. Cuando pillas a alguno de estos alumnos a contrapié, es cómo pescar una buena presa. Ríes tú, pero ríe también él porque dice: «Ostras, he caído en tu trampa».

Por ejemplo, la famosa pregunta de «respiras o fotosintetizas», como si fueran cosas antagónicas; como si tú, por un lado, si haces la fotosíntesis no respiras y si respiras no fotosintetizas. Cuando, en realidad, estamos hablando de mecanismos diferentes: uno para obtener el alimento y otro para utilizarlo. La famosa cuestión de «¿las plantas respiran? ¿Sí o no?». Al final acabas diciendo que evidentemente que respiran; si no, ¿de que viven? Trata tú de no respirar. Todo esto puedes explicarlo, pero después siempre hay maneras de liarlos para que caigan en la trampa. Si están hablando de mitocondrias y cloroplastos puedes preguntar:

  • «¿Pero entonces las plantas qué tienen, mitocondrias o cloroplastos? ¿Mitocondrias O cloroplastos?»
  • «(Dudando) Cloroplastos y mitocondrias… »
  • «¡¿Mitocondrias?!»
  • «(Más seguros) No, no. Cloroplastos, cloroplastos. Mitocondrias, no»
  • «(Enarca la ceja y sonríe) ¡Acabas de caer!»

Y no podemos evitar echarnos a reír. Mira que están avisados, pero si subes la voz y los increpas un poco, tu tono hace que todo lo que saben desaparezca. A mí me interesa mucho convencerlos de que soy una persona más; que por mucho que yo levante la voz, si ellos están convencidos que digan lo que sea. Romper el principio de autoridad.

El principio de autoridad es muy potente. Yo juego continuamente con él y les demuestro que sus convicciones saltan por los aires cuando me pongo un poco «chulo». Soy el primero en reírme de mí mismo.

Me interesa mucho convencerlos de que soy una persona más; que por mucho que levante la voz, si ellos están convencidos, que digan lo que sea. Romper el principio de autoridad.

¿Qué materiales utilizas?

De todo. Ahora lo tenemos muy bien porque tenemos un cañón en cada clase. Y, a pesar de que es peligroso a veces, cuando no sé algo o me lo preguntan, busco directamente en Google. A veces salen algunas cosas en pantalla que no querrías que hubieran salido, pero en general encuentras respuestas a todo. «¿Qué es un echidna» «Pues esto». «Pero si esto es un erizo» «No, mira, un erizo es este. Aquí los podéis comparar: un ejemplo de evolución convergente.»

Es decir, usas el buscador en medio de la clase.

En alguna ocasión; tampoco mucho. Normalmente planifico, pero las preguntas no se pueden prever; y a veces no tienes tiempo de planificar, y vas sobre la marcha. Cada vez disfruto más de la no planificación. Planifico y tengo las cosas preparadas, pero las clases que más me gustan son aquellas en que una pregunta de un alumno muy bien dirigida me genera una duda que no sé como resolver. Y lo primero que les digo es: «chicos, no lo sé». Y me encanta decirlo. Porque es la verdad; y porque pasa continuamente en ciencia. O reflexiono en voz alta.

Cada vez disfruto más de la no planificación. Planifico y tengo las cosas preparadas, pero las clases que más me gustan son aquellas en que una pregunta de un alumno muy bien dirigida me genera una duda que no sé como resolver.

El otra día estábamos hablando de priones en segundo de bachillerato. Estábamos hablando de las vacas locas, de los priones, de la ruptura, un poco, del dogma de la biología molecular, y me planteo: «una proteína, cuando entra en el tubo digestivo, es digerida por las proteasas. ¿Cómo llega al cerebro la proteína anómala, el prión, que teóricamente ya está digerida en aminoácidos?» Mira que hace veinticinco años que doy clases (quizás no tantos que explico priones) y fue la primera vez que se me ocurrió. Fue una auto-pregunta, pero podría haber sido perfectamente la pregunta de un alumno y le hubiera dicho: «chapeau».

Una cosa tan simple como esta y, con la búsqueda que hicimos en clase, no encontré respuesta. Una alumna encontró parte de la respuesta: las proteínas priónicas son inmunes a la acción de las proteasas. Se lo agradecí muchísimo: cuando algún alumno hace una aportación que yo no sé me parece una maravilla. Pero no respondió a toda la pregunta: si las proteasas no actúan sobre estas proteínas anómalas que yo me estoy comiendo en un bistec de vaca infectada, ¿cómo atraviesan la pared del intestino y la barrera hematoencefàlica? Es una proteína, no estamos hablando de un aminoácido. Una señora proteína.

Esto me encanta. Es lo que más me gusta de mi trabajo. El hecho de que un alumno, o yo mismo, formulemos preguntas para las que no tenemos respuesta. Es la excusa evidente para buscarlo. Esto fue ayer, o sea que aún no he podido buscar la respuesta.

Cuando algún alumno hace una aportación que yo no sé me parece una maravilla.

[Aquí la conversación deriva hacia una discusión muy interesante sobre la naturaleza molecular de la transmisión de los priones. No lo podemos evitar. De hecho, la conversación continuó por correo electrónico. Ese mismo día, en clase, volvieron a buscar información siguiendo algunas de las ideas que salieron en la conversación informal. De hecho, Xavier resumía en un correo la experiencia que se estaba viviendo en directo. «En 24h ha aparecido un enigma en clase; un alumno ha encontrado información relevante en el libro de texto; un ex-alumno ha proporcionado una posible pista, que hemos corroborado hasta cierto punto en clase; pero no resuelve completamente la pregunta. El enigma continúa. ¿Imaginas en otras épocas «preInternet» cuánto habríamos tardado a recorrer este camino (que en sus últimas etapas ha cubierto las tres últimas horas)?». La curiosidad hizo que siguiéramos buscando, y generó, incluso, una entrada en un blog para resumir la información encontrada]

De tu experiencia como profesor, ¿qué es lo que te hace sentir más orgulloso?

Creo que realmente he creado vocaciones por la ciencia. Esto me llena de orgullo. Hay mucha gente, muchos ex-alumnos (¡veinticinco años dando clases!) que me dicen: «me dediqué a esto porque recuerdo tus clases». Esto es, sin duda, lo que más orgullo me da.

¿Qué es lo primero que te viene a la cabeza cuando oyes «Innovación educativa»?

[Se lo piensa] Cambio de la estructura de la clase. La innovación que se tendría que hacer pasa por el cambio en la manera de trabajar. Se ha dicho muchas veces; pero no es sólo decirlo, es también hacerlo.

Se tiene que encontrar la vía para democratizar la clase (aquello tan fácil de decir de que el alumno se haga responsable de su autoconocimiento) y, sobre todo, se tienen que generar mecanismos de motivación. Una persona motivada en lo que sea, no necesita a nadie que lo ayude. A nadie. No necesita un entrenador personal, no necesita ningún profesor (a pesar de que el profesor puede ayudarlo, evidentemente). En cambio, si no hay motivación, todo viene impuesto desde fuera. Es cierto que a veces puede haber una motivación externa, como sacar buenas notas en una asignatura, pero no es suficiente. No podemos estarnos seis años haciendo la secundaria, seis horas de clase al día, sin una auto-motivación real en un, como mínimo, 80% del tiempo. Esto es, para mí, la clave fundamental que se tiene que conseguir. ¿Cómo? No lo sé. Lo que sí que es cierto es que cuando ves a un alumno (que los hay) que está motivado por una asignatura, la que sea, no hace falta profesor; y todavía menos en los tiempos en que vivimos.

El Universo está ahora a un solo clic. A mí mismo, que me considero una persona motivada por muchas cosas, internet me facilita enormemente las cosas. Si tienes ganas, puedes adentrarte en cualquier mundo; no necesitas a nadie más. Y esto me parece glorioso.

Se tienen que generar mecanismos de motivación. Una persona motivada en lo que sea, no necesita a nadie que lo ayude.

Los tiempos que corren permiten unas posibilidades enormes, pero a la vez creo que hay más dificultades para motivar a los chavales; quizás porque hay muchas cosas a su alcance y resulta difícil hacerlo desde aquí. Pero hay cosas que los motivan, no hay duda: las series de televisión modernas o los videojuegos, por ejemplo, les generan una cierta adicción.

Hay estrategias de motivación, pero yo no sé cuáles son. Si consiguiéramos tener esta pieza clave y aplicarla en el aula sería la solución para salir de este callejón sin salida que está desanimando a los chavales, desanimando a los profesores y se está convirtiendo en un círculo vicioso que se tiene que romper. Y esto no se ha hecho de manera mayoritaria. Estoy convencido que hay experimentos de éxito, pero no se han extrapolado, popularizado o experimentado.

Si consiguiéramos tener la pieza clave de la motivación y aplicarla al aula sería la solución para salir de este callejón sin salida que está desanimando a los chavales, desanimando a los profesores y se está convirtiendo en un círculo vicioso que se tiene que romper.

Para mí la clave no está en cosas puntuales sino en un cambio global en la forma de trabajar en el día a día del aula. No consiste al hacer un taller puntual sobre algo en un momento determinado sino reformular el concepto de clase.

Esto conlleva un problema: reformular el concepto de profesor. Puede haber profesores que están no sólo dispuestos a cambiar sino que el hecho de modificar la manera de dar las clases les representa un reto, un atractivo, un incentivo; pero puede haber otros que no lo vean así. Qué haces? Hay un problema de inercia que no es fácil de gestionar.

A veces en las clases de Ciencias de la Tierra, cuando hablamos de gestión de riesgos, de recursos y de impactos digo: «una cosa es que nosotros pudiéramos coger y vaciar los siete mil millones de personas que hay en la Tierra y, venga, vamos a colocar la humanidad allí donde corresponde, buscando los mejores recursos, minimizando los riesgos y los impactos…» Evidentemente, nadie se pondría en el Japón, donde se produce el choque entre tres placas tectónicas. Pero esto no lo podemos hacer. La gente ha vivido allí toda la vida y quiere continuar haciéndolo. Pues en educación pasa lo mismo: si se quisiera construir un sistema educativo desde cero, con maestros nuevos, con alumnos nuevos, sería mucho más fácil. Pero no, ya lo tenemos hecho. Esto es lo complicado.

No consiste en hacer un taller puntual sobre alguna cosa en un momento determinado, sino reformular el concepto de clase. Hay que reformular también el concepto de profesor. Hay un problema de inercia que no es fácil de gestionar. Si se quisiera construir un sistema educativo desde cero, con maestros nuevos, con alumnos nuevos, sería mucho más fácil. Pero no, ya lo tenemos hecho. Esto es lo complicado.

Parece, entonces, que la parte realmente importante es el camino hacia el objetivo. No sólo tener definido dónde queremos ir sino cómo podemos llegar.

Efectivamente. No estamos en el punto cero. Estamos en un punto (mental y real) en el que ya hay una manera de trabajar concreta. Y tenemos que reaprender. ¿Cómo motivas a los alumnos, pero también al profesorado, para hacer este cambio?

Para mí, el cambio es muy atractivo. Para el profesor, según mi opinión, es mucho más interesante una clase más abierta, más participativa, más horizontal que la del modelo tradicional. Mucho, mucho más.

¿Cómo han cambiado tus clases los últimos 20 años?

Han cambiado mucho. Especialmente a partir de una revelación que tuve en un curso que daban dos grandes profesores de biología, Ramon Grau y Jordi de Manuel. Se titulaba «Actividades de aprendizaje en Ciencias Naturales», todavía me acuerdo. Yo llevaba pocos años como docente; ocho o diez años, quizás; no lo recuerdo exactamente. ¿Cómo daba clases en aquellos momentos? Pues con la motivación y la alegría que creo que me caracterizan, pero siguiendo el modelo con que me habían dado clase a mí: un modelo magistral, un modelo expositivo. Ellos, en cambio, me enseñaron un modelo basado en actividades de aprendizaje y en proyectos. Han pasado muchos años, pero creo que aquel curso que hice continuaría siendo válido ahora para muchas escuelas. A mí me cambió completamente el chip. Aquel fue el punto clave.

Siempre he procurado seguir esta manera de trabajar. Y, de hecho, creo que ha ido calando en otros profesores de la escuela que habían sido alumnos míos, como Sergi Molins. Creo que es un modelo que aplicamos bastante en el área de ciencias.

Sí, utilizamos libros, utilizamos materiales todavía “al viejo estilo” pero escogemos los libros, más que por el texto que expone la teoría, por su apartado de actividades finales, el cual antes no tenía demasiada importancia. ¿Este libro que pregunta, cuatro chorradas que se responden leyendo? No, descartado. ¿Este qué presenta, una gráfica de la respuesta inmunológica…? ¿Cuántas preguntas tiene de este estilo? ¿Unas cuántas? Este me interesa.

Escogemos los libros, más que por el texto que expone la teoría, por su apartado de actividades finales

He tenido mucha suerte puesto que durante muchos años la coordinación de las PAAU ha seguido este espíritu. Me encanta cómo tienen planteadas tanto la Biología como las Ciencias de la Tierra aquí en Cataluña; con unas preguntas que son una delicia, que permite sacarles mucho jugo. Yo recuerdo exámenes de PAAU (y todavía hoy pasa) de otras comunidades con la pregunta: «glúcidos». Y aquí se ha acabado el tema. No es este el camino.

Una cosa es que quieras hacer las cosas de una determinada manera y otra es que el sistema te apoye. En este caso, el sistema y la estructura de lo que pedían a los alumnos de bachillerato era la manera como a mí me encantaba trabajar. Y por lo tanto, perfecto. Ahora tengo miedo de la ley Wert. Ya veremos qué nos encontraremos, y si hace que todo esto cambie. Pero yo, a estas, alturas, ya no volvería atrás. No sé como lo haría, pero sería incapaz de poner a los alumnos como pregunta de examen: «La evolución». No tiene ningún sentido.

Una cosa es que quieras hacer las cosas de una determinada manera y otra es que el sistema te apoye.

¿Como cruces que serán tus clases de aquí 10 años?

Queda mucho a mejorar, debido, en parte, y ya sé que es una excusa barata, a la falta de tiempo. A medida que te vas haciendo mayor, no es que no tengas tanto tiempo (a veces sí, puntualmente, cuando tienes niños pequeños) sino que tienes tantos intereses que reclaman tu atención (y se la quieres dar) que tampoco te apetece centrarte en uno. Yo sé, y esto a veces me tortura, que mis clases podrían ser infinitamente mejores, pero el precio que tendría que pagar sería renunciar a otras cosas y dedicarme, que también sería fantástico, a investigar y a perfeccionar cada clase, cada tema. Esta idea tan simple de saber que lo puedes hacer mejor, pero no obstante, renuncias a ello porque hay otras cosas que te gustan en la vida, no deja de darme un poco de pena.

Podría ser mejor profesional, pero no puede ser que todo gire alrededor de ser un profesional excelente. Creo que a la excelencia se llega a través de una renuncia. Rafa Nadal es un mega-crack del tenis pero en el camino ha tenido que renunciar a muchas cosas. El mega-crack de entre los profesores, estoy convencido, será una persona que habrá hecho renuncias. Hay personas que, en su vida, apuestan por una busca de la excelencia dejando atrás otras cosas. Yo, sin abandonarme en mi profesión, no voy en este sentido. Me gusta hacer muchas cosas, renunciando a la excelencia de cada una de ellas.

En un momento de tu charla en Grandes Profes nos enseñes unas compañeras de viaje especiales: las hormigas…

¡El otra día volvieron a salir! Me hicieron una entrevista en TV L’Hospitalet y resulta que se lo curraron muchísimo. Entre otras cosas, llamaron al Cosmocaixa, y consiguieron la piedra de ámbar con las hormigas. Y vino el portador de la piedra, una persona del Cosmocaixa, expresamente el día de la entrevista. ¡Y la volví a tocar! Cuando acabó el programa se la volvió a llevar en su cajita hacia el museo.

Teniendo en cuenta los lugares que han visitado las hormigas de la piedra, en la charla te preguntas: «¿Qué es imposible? Yo ya no lo sé». ¿Cuál es tu deseo imposible para la educación?

Motivar, ilusionar y animar a un 80% de los alumnos en cada clase que hago. Especialmente en la ESO. En Bachillerato, a pesar de que no llego a estos números, ni mucho menos, creo que tengo un porcentaje aceptable. En la ESO hay más dispersión, hay otros intereses, y cuesta más. Un 80% en la ESO, esto me encantaría.

De vez en cuando lo haces. No sé porqué. Estás más inspirado, el tema es más atractivo, pones algún ejemplo curioso, utilizas un material concreto… y todo se conjuga y de repente estás en clase y dices: «es esto». Lo palpas. No lo compartes con los alumnos, pero sabes que está pasando: por sus caras, por cómo ha fluido toda la información, porque no ha sido una cosa que has construido tú sino que se ha construido entre todos; y dices «esta es LA clase».

Pero esto pasa pocas veces. Si se pudiera tener esta sensación siempre… Me lo tomo como una utopía: aquello a lo que aspiras. En el camino hacia esta aspiración está la gracia de la profesión; aunque no lo consigas.

Brevemente, ¿qué te sugieren estos conceptos? ¿Qué es lo primero que te pasa por la cabeza?

  • Libro de texto. Rollo
  • Aula. Profesión
  • Pupitre. Madera
  • Pizarra. Yo
  • Pizarra digital. Ordenador
  • Ordenador. Herramienta
  • Internet. Todo
  • Animaciones. Guay.
  • Simuladores. Genial.
  • Impresión 3D. No lo sé.
  • Creatividad. Lo mejor
  • Aprendizaje basado en proyectos. Fantàstico.
  • Laboratorios virtuales. Muy bien
  • Smartphones. Mmmm… Una herramienta muy útil.

Para acabar, ¿podrías darme cinco nombres de profesoras o profesores que te hayan influido, o que continúen influyéndote actualmente?

Primero, uno de los mejores que he tenido: Daniel Turbón de paleoantropología.

Después, uno que fue muy criticado en la facultad de Biología aunque a mí me encantaba como dibujaba: Enrique Gadea. Hacía Zoología de Invertebrados. Estaba a punto de jubilarse. Daba las clases totalmente al viejo estilo, pero tenía una capacidad de dibujo y de composición estética de la pizarra que yo intenté heredar en mis primeros años; después ya no le he dado tanta importancia. Disfrutaba mucho de sus clases, a pesar de que había gente que lo odiaba.

Es curioso porque es un profesor que tiene un estilo didáctico completamente opuesto al que yo considero valioso, pero, en cambio, disfrutaba muchísimo en sus clases y me engancharon totalmente. Esto demuestra que no hay fórmulas concretas.

En las antípodas de Gadea encontramos dos profesores que ya he citado antes: Ramon Grau y Jordi de Manuel.

Para acabar, destacar un profesor de instituto que me influyó fuertemente. Se trata de Gabriel Isern, profesor de Historia de 1º de BUP. Él daba clase simultáneamente en el Tecla y en el Colegio Sant Miquel de Barcelona, donde yo estudiaba. De él admiraba su capacidad de seducir el aula y de controlar el tempo y el interés de la clase. Nunca pensé dedicarme a la historia, pero esto hace especialmente valiosa mi percepción de sus clases. De él aprendí que dar clase es una representación teatral, con sus plot points, cliffhangers y todo el resto de elementos dramáticos. Sé que fue un profesor controvertido, y que había alumnos que no lo soportaban, pero esta fue mi experiencia.

Quizás no hace falta que un profesor te haya dado clases in vivo para aceptar que te haya influido. Si aceptas esto, sin duda tengo otro nombre: ¡Carl Sagan!

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