Viaje al Mar Coral

Viaje al Mar Coral

Eran las 7 de la mañana de un día cálido en Australia. María y Estela acababan de comenzar su aventura tras meses preparando el viaje por este País de Oceanía.

María, austera en su equipaje, brillaba de emoción. Le caracterizaba su aspecto desgarbado con aire de recién graduada en ciencias medioambientales. Por el contrario, Estela hacía un par de años que estaba trabajando en las oficinas de Amazon, las ojeras eran un rasgo incorporado desde el día que comenzó a trabajar en el departamento de ventas.

Se conocían desde el colegio, ese dulce momento en el que la amistad fluye en forma de promesa eterna. Después del instituto cada una empezó a construir su propia identidad, pero la inquietud de conocer mundo y viajar por diversas culturas siempre las había unido.

Era la primera vez que salían de Europa, habían elegido Australia por insistencia de María a la que le fascinaba la inmensidad de naturaleza virgen y todavía poco explotada en ese lugar. Gracias al padre de ésta, profesor de historia en un instituto y aficionado al buceo, habían conseguido hacer un curso barato de Open Water para poder bucear por la barrera de coral, en la costa de Queensland.

A Estela no le hacía mucha gracia  meterse en un traje de neopreno y bucear cargada con una bombona de oxígeno, pero se había dejado convencer por la motivación de su compañera.

La caravana iba a ser su tercera compañera de viaje en esta aventura de tres semanas. Habían volado a Sídney y esta primera mañana de su viaje la dedicaron a visitar la enorme ciudad en la que los aborígenes estaban condenados a las periferias y se respiraba un aire internacional.

No pasaron allí mucho más de un día y enseguida emprendieron el viaje por las zonas de naturaleza salvaje donde habían planificado ver todo tipo de animales exóticos como koalas, canguros, emús, y, si se dejaban ver, ornitorrincos, una extraña mezcla entre pato, castor y nutria.

Después de días recorriendo todo tipo de parques naturales y playas, Estela echaba de menos la civilización, un hotel donde ducharse sin que los minutos de agua caliente fuesen un lujo y una comida de los restaurantes en los que estaba acostumbrada a ir. María por otro lado, emanaba energía y motivación, se había nutrido de esta escala de verdes y diversidad de animales. Y para ella aún quedaba la mejor parte, la inmersión en el mar de coral.

La noche previa al día que habían escogido para bucear María, que veía a Estela ya desganada y con pocas ganas de tocar el agua para, según sus palabras, ver “bichos de mar”, decidió convencerla del privilegio que era vivir esta experiencia.

Y comenzó a explicarle…”Estela, somos una afortunadas de estar aquí, piensa que es como visitar otro País, un País en el agua, como la Atlántida. La gran barrera de coral es un corazón que palpita vida, donde lo vivo crece sobre lo muerto y se crea el arrecife.  Mide alrededor de 2600 km ¡Imagina! Es casi la distancia que recorrimos para ir desde Madrid a Cracovia cuando éramos adolescentes. Y no sólo es el arrecife de coral, sino el ecosistema que se construye en torno a él. Es una enorme ciudad… Conviven 1.800 distintas especies, 125 de tiburones y más de 5.000 especies de moluscos. Además de unas 400 especies de coral… son algo así como diferentes culturas conviviendo en un mismo lugar, compartiendo alimento, necesitándose los unos a los otros…Para mí es una maravilla marina… ¿No te parece?”

Estela suspiró y miró a su amiga, en unos segundos sintió como admiraba a María, su empatía con la naturaleza, su energía y su optimismo. Ella, sin embargo, sentía muy lejana ya la época en la que se emocionaba descubriendo el mundo en su esencia más pura, de pequeña correteaba por el campo, se envolvía en la primavera de las amapolas y quería cuidar de todo tipos de animales. Ahora, se había acomodado al ritmo de la ciudad, a la selva de edificios y al frenesí del transporte siempre con prisa de Madrid. Pero alcanzó a responderle a María “Sí, tienes razón, será interesante…”.

El despertador taladró sus sueños y a las 6 a.m. ya estaban desayunando, en un par de horas las recogería el monitor y comenzarían la inmersión. La tensión por la nueva experiencia se palpaba en el aire, Estela por el miedo a sumergirse en el agua desconocida y María porque estaba al borde de la lágrima de felicidad.

Llegó el momento y en cuestión de segundos el monitor les hizo señales para tirarse al agua. Lo hicieron. El ritmo de sus corazones ya no entendía de pulso e iba a galope. Comenzaron a sumergirse en las profundidades del mar. Al cabo de unos minutos, empezaron a ver de cerca al arrecife coralino, los peces vívidos de colores, las esponjas, estrellas de mar, tortugas marinas, medusas, pequeños tiburones…tantas especies, tanta biodiversidad, que Estela conectó al fin con una emoción salvaje de libertad, de belleza.  María por su parte, intentaba identificar de memoria a todos los habitantes del arrecife de coral.

Al cabo de unas horas el monitor les indicó que saliesen a la superficie, y como quien se despide de su patria María y Estela ascendieron.

Vestidas otra vez y de camino a la caravana María empezó a llorar, Estela, sorprendida, se acercó a consolarla. María entre sollozos comenzó “Los arrecifes de coral están muriendo y el mundo no es consciente…”. Estela no entendía qué pasaba, hacía solo unas horas habían buceado allí y todo parecía estar bien, pero María continuó “La huella que estamos dejando con el cambio climático también afecta a los corales…Los corales para vivir necesitan a pequeñas algas y estas a su vez necesitan a los corales. Además, los colares son así de coloridos por las algas…Si los corales están estresados las algas huyen y los corales mueren”.

Estela enseguida intervino “¿Y por qué iba a estar estresado un coral? Estresada yo con la carga de trabajo que tengo siempre…”

María respiró y contestó a Estela “Basta el aumento de un solo grado para generar estrés en los corales. Cuando el cambio de temperatura se mantiene a lo largo de varias semanas la muerte del coral puede ser irreversible, ya que las algas no regresan. Así, los corales mueren y se blanquean…Puede que las generaciones futuras no puedan disfrutar lo que tú y yo hemos hecho hoy…”

Estela abrazó a su amiga y comprendió.

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