LA CIENCIA NOS HACE MEJORES, PERO NO SIEMPRE LO SABEMOS

LA CIENCIA NOS HACE MEJORES, PERO NO SIEMPRE LO SABEMOS

Científicos de varias universidades confirman la ‘rotación de Kramers’, una propiedad de las nanopartículas  predicha hace cerca de 80 años por un físico holandés.

La ciencia es buena

“En el fondo, hay espacio de sobra”, fue la frase empleada por ese maestro de la ciencia que fue Richard Feynman para referirse a lo que ocurría en el diminuto mundo de las partículas. Un ámbito donde las cosas no suceden necesariamente del mismo modo que en el mundo que vemos. Y la ciencia viene a confirmar día a día que es realmente así. Un nuevo estudio corrobora ahora el papel de la fricción y de la agitación térmica en el comportamiento de las partículas a escala nanométrica (cosas que ocurren a la escala de una millonésima parte de un milímetro, no intenten mirarlo…no lo verán).

Un comportamiento que ya fue teorizado en 1940 por el físico holandés Hendrik Kramers (colaborador de otros dos grandes de la física, Niels Bohr y Werner Heisenberg). Kramers estableció matemáticamente que la fricción y el ruido térmico afectaban a las transiciones de estado de las nanopartículas, convirtiéndolas en una especie de acróbatas saltarinas del Cirque du Soleil, y predijo el ritmo de dichas transiciones en función del nivel de fricción existente en el sistema. Este postulado recibió el nombre de ‘rotación de Kramers’ y es el que ahora ha podido ser confirmado por primera vez en experimentos de laboratorio.

¿No han entendido nada del párrafo anterior? Tranquilos. Posiblemente un 99% del común de los mortales tampoco. Quédense sólo con la idea de la importancia que tiene para la ciencia confirmar y profundizar en el conocimiento de estos procesos nanométricos. Muchos procesos de la naturaleza y la tecnología tienen lugar a ese nivel: las transiciones de estado de la materia, las reacciones químicas o el plegado de las proteínas. Descubrir cómo se producen y entender su funcionamiento abre las puertas a todo un mundo de posibilidades y aplicaciones en innumerables campos del conocimiento, desde la medicina a la tecnología. Y como humanos que somos, enamorados de clasificar todo lo que nos rodea, hemos creado una nueva ciencia para estudiarlos: la nanotecnología.

Nanotecnología, la ciencia de manipular aquello que no vemos

¿Quién no ha tenido que ir alguna vez al oculista porque se le ha metido una nanopartícula en el ojo? ¿O frenar el coche bruscamente para no atropellar a una naopartícula que cruzaba despistada la calle? ¿Cómo? ¿No les ha ocurrido nunca? Extraño, pues todo el universo que nos rodea está compuesto de infinitas nanopartículas. Nosotros mismos no somos más que un cúmulo de ellas. Y sin embargo no somos capaces de verlas. De hecho no hace tanto que los propios científicos disponen de la capacidad para visualizarlas. No consta la existencia de un NanoFacebook donde cuelguen sus selfies. Muchas veces conocemos más de ellas por su comportamiento o por sus efectos que porque hayamos podido verlas cara a cara.

La nanociencia, que sería algo así como el conocimiento de ese diminuto mundo invisible, ha dado paso a la nanotecnología, que sería algo así como la ingeniería que nos permite construir elementos o sistemas a esa escala tan reducida. Se abre aquí un mundo de infinitas posibilidades. La capacidad de manipular o construir elementos de todo tipo a ese nivel nos coloca en la línea de salida de una nueva carrera tecnológica. Imaginen nanopartículas (minirobots diminutos) creadas para mejorar la transpiración de nuestra ropa deportiva, para aumentar la protección de las cremas solares, para mejorar los tratamientos contra el cáncer o para el desarrollo de nuevas materiales en la construcción más resistentes y que además se encarguen de neutralizar los contaminantes del aire. No hablamos de ciencia ficción. Todo eso existe ya y es sólo un anticipo de lo que veremos en un futuro no muy lejano.

Visionario, dícese del adelantado a su tiempo

Y hablando de futuros no muy lejanos permítanme regresar al señor Kramers y su predicción de las nanopartículas saltarinas. Nunca dejará de sorprendernos la capacidad de la ciencia (como disciplina) para anticipar cosas que podrían suceder en el futuro. Algunas de esas predicciones tal vez no se cumplan del modo inicialmente previsto. Pero muchas otras sí.  Y detrás de esas predicciones encontramos siempre a mentes brillantes que supieron estar un paso por delante de su tiempo.

La historia de la ciencia es una sucesión ininterrumpida de seres a la búsqueda de entender el mundo que nos rodea, desde lo más diminuto (recuerden a Kramers) hasta la inmensidad del universo que nos aloja. Un camino que es la suma de una minoría de mentes privilegiadas y brillantes y una mayoría de mentes laboriosas y sistemáticas. Las primeras llamadas a dar saltos en el conocimiento con sus ideas rompedoras o visionarias. Las segundas llamadas a hacer avanzar la ciencia con el trabajo riguroso del día a día.

Lo más fascinante de todo es que ninguno de ellos se explicaría sin la existencia del otro. La reciente demostración de la existencia de las ondas gravitacionales es una buena prueba de ello. De nada hubiera servido la genial premonición de Albert Einstein sin el meticuloso trabajo de cerca de 30 años del equipo del proyecto LIGO. Algo parecido a lo sucedido con el señor Kramers.

Muchas veces seguimos anclados en la idea tradicional de una ciencia basada en unas pocas mentes privilegiadas que con sus ideas nos empujan a todos hacia adelante (Copérnico, Newton, Darwin, Curie, Einstein…). Sin embargo la ciencia es hoy una disciplina enormemente social. Instituciones científicas, equipos de trabajo, proyectos multidisciplinares, ciencia básica, incluso ciencia ciudadana. Esa es la realidad de la ciencia en el siglo XXI.

Ello no impide que sigamos teniendo la necesidad de figuras resplandecientes. De visionarios que no sólo sean capaces de dar saltos en el conocimiento con sus planteamientos un paso más allá de la media, sino que se aprovechen de la palanca mediática para abrir la puerta de la ciencia a la sociedad. Nombres como Hawking, deGrasse Tyson, Berners-Lee, Dawkins, Arsuaga o instituciones como la NASA o el CERN contribuyen con su presencia ‘mediática’ a mantener vivo ese nexo entre ciencia y sociedad.

Tertulianos, especie invasora

Ciencia y sociedad. Dos caminos que demasiadas veces caminan en paralelo sin entrecruzarse. O sin ser conscientes de que se entrecruzan. Ya lo enunció el maestro Sagan cuando dijo ‘Vivimos en una sociedad profundamente dependiente de la ciencia y la tecnología y en la que nadie sabe nada de estos temas’.

Comentaba al principio la dificultad de entender el detalle de la llamada ‘rotación de Kramers’. Es obvia la imposibilidad, a nivel social, de comprender la complejidad de la ciencia. Docenas de disciplinas. Miles de investigaciones. Conceptos complejos y en ocasiones indescifrables incluso para quien está familiarizado con ellos. Sin embargo no podemos, como sociedad, dar la espalda a la ciencia y vivir a oscuras de aquellos conocimientos que en gran parte han modelado el mundo en que vivimos. Tampoco los científicos deben conformarse con vivir entre las cuatro paredes de su mundo. Hay que construir puertas que habiliten a unos y otros para entenderse. Esas puertas se llaman divulgación, comunicación, información.

¿Quién no empieza el día encendiendo la radio para saber del mundo? Es raro no toparse con una tertulia mañanera repleta de maravillosos expertos, los ‘tertulianos’. Personas que, sin despeinarse, son capaces de prever el resultado de las próximas elecciones generales, diagnosticar la evolución de la lesión de tal futbolista, anticipar el devenir de la política exterior iraní o argumentar la última subida de intereses del Banco Central Europeo. ¿Unos ‘cracks’? Mejor una especie invasora que genera en muchas ocasiones más ruido que opinión o criterio.

Sin embargo han logrado que la política, la economía, la sociología o el deporte formen parte de nuestra cotidianeidad. ¿Y dónde queda la ciencia? Pocas veces hace acto de presencia en nuestra vida más allá de ocasionales portadas periodísticas (más mediáticas que rigurosas). Necesitamos a los científicos explicando a la sociedad lo que hacen. No como especie invasora, por favor. Necesitamos que encuentren su nicho en la sociedad de la comunicación y contribuyan a hacer de ésta una sociedad más rigurosa e implicada con su futuro. ¡Científicos del mundo, comunicad!

No necesitamos entender la ‘rotación de Kramers’, pero sí alguien que nos cuente cómo puede hacernos mejores personas y mejor sociedad.

 

Referencia: Loïc Rondin, Jan Gieseler, Francisco Ricci, Romain Quidant, Christoph Dellago, Lukas Novtony. ‘Direct measurement of Kramers turnover with a levitated nanoparticle’. Nature Nanotechnology, 2017 (online 23.10.2017) doi:10.1038/nnano.2017.198

Leave a Comment

Your email address will not be published.

*